El hombre almohada

Un poco tarde (la semana pasada) fui a ver una de las mejores obras de teatro contemporáneo que se han estrenado en esta viña: “El hombre almohada”, en el Teatro La Plaza, de Larcomar. La verdad no me arrepiento de haber pagado cuarenta soles por verla. Es cierto, no los pagué, pero si hubiera tenido que pagarlos, lo más seguro es que gustoso lo hubiera hecho.
¿Qué es lo que hace atractiva esta pieza? No soy quien para decirlo. Pero si hablan de la obra, diré que para muchos es su marcada influencia cinematográfica, hecho que se trasluce en el texto y en el montaje.
“El hombre almohada” fue escrita por el británico Martin McDonagh, un dramaturgo cuyas obras se enmarcan en una tendencia denominada “in yer face" (que traducido sería algo así como ‘en tu puta cara’) por sus pálidos compatriotas. La corriente tiene influencias desde el recientemente ganador del Nobel, Harold Pinter, al cineasta Quentin Tarantino.
De hecho, esta historia en particular tiene elementos del cine negro, de narraciones de horror, de fábulas o cuentos para niños y de cine gore. La figura principal es Katurian Katurian (Rómulo Assereto en buena labor), un escritor misio obsesionado con poner a los más bajitos como figuras principales de las más variadas y retorcidas torturas que enmarcan sus obras.
El gran sueño de Katurian es ser famoso, reconocido, por estas narraciones donde los niños abusados o torturados encuentran en la muerte poéticos “finales felices” a sus vidas miserable (o de futuro infeliz).
Al escritor estas fijaciones le vienen de infancia. Katurian fue criado por sus padres para ser un gran escritor, mientras su hermano, un inocente retrasado mental (Paul Vega), era torturado por ellos mismos como castigo a su diferencia.
Ahora el quiebre. En “El hombre almohada” estos cuentos influyen de la peor forma en su hermano, un retrasado mental que ve en ellos un amplio recetario con métodos diversos para “liberar” a los infantes de una tortura mayor: la vida y gris que les espera cuando dejen de jugar con plastilina.
Pese a todo lo dicho, la obra de McDonagh está marcada por el humor negro (lo que hace que el tema no sea tan indigesto) y los constantes quiebres en la historia. Las actuaciones y la puesta en escena son correctas (pese a que Salvador “Care Dedo” Del Solar no me llega a convencer), los personajes son un poco desperdiciados en la parte final y que las acciones cometidas por el hermanos estúpido son justificadas a medias.
Más allá de eso, algunas preguntas valiosas puede dejar “El hombre…” cuando uno abandona la sala de teatro: ¿es el arte un fin en sí mismo? ¿Es la única meta de un artista de ficción el crear historias interesantes, conmovedoras, subyugantes o inteligentes? ¿Entra a tallar la ética en esta profesión? ¿Por qué podría importar aquello, si lo único que busca el arte es la satisfacción por sí misma? Pero, ¿y si ese arte influye en otros? ¿Qué pasa si alguien sale a matar niños sólo porque ha leído un grupo de cuentos sobre infantes asesinados? ¿Debería el creador de aquellas historias quemar sus historias? ¿Son sus historias las que hicieron a esta persona asesina? ¿Debería el artista responsabilizarse por los actos de otro? ¿Algún golpe de verdad le habrá caído a Assereto?
Lo cierto es que “El hombre almohada” no responde estas preguntas. La obra intenta ser una gran metáfora sobre la realidad y el horror, la ilusión y la existencia.
El resultado es, mal que bien, optimo.
Ahora bien. Si guiado por este comentario se aventura a ver la pieza (la obra digo), pues ya fue. Ahora La Plaza está por estrenar una nueva versión de “El Perú Jaja”, con Carlos Carlín y su patota.




